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Las cosas que ya no suenan

  • estudioomarlares
  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Por Omar Lares*


Doña Olga todavía tiene un teléfono de línea que está sobre una mesa, pequeña, del living, junto a una ventana, en el mismo lugar de siempre.


Durante años, por las tardes, ella se sentaba cerca esperando que sonara. A veces llamaba a alguno de sus hijos; otras veces, a una hermana, o a una amiga. Y había tardes en las que nadie llamaba, pero ella esperaba.


Hoy sus hijos tienen teléfonos móviles; le escriben por WhatsApp; le mandan fotos de los nietos, algún audio y, de vez en cuando, hacen una videollamada. Todos están mucho más comunicados que antes. 


Sin embargo, aquel teléfono casi nunca suena. Doña Olga podría tirarlo, pero no lo hace. Quizás porque no conserva un teléfono: conserva una época.

Pienso que eso también es una forma de duelo.


Solemos asociar el duelo con la muerte. Pero hacemos duelo por muchas otras cosas: una casa que dejamos, un barrio que dejamos, los hijos que crecen, duelamos la forma que teníamos de jugar al fútbol, una relación que termina, una empresa de la que nos vamos, un proyecto que fracasa. O simplemente por descubrir que algunas cosas nunca volverán a ser como antes.

 

Hace unos días fui a ver al cine La Odisea y entendí que, hace casi tres mil años, Homero había comprendido algo de esto.


Odiseo pasa años intentando regresar a Ítaca. Él soñaba con recuperar su hogar, su familia, su vida anterior. Finalmente, vuelve. Ítaca estaba allí, pero él ya no era el mismo. El viaje lo había cambiado.

 

Quizás por eso podemos regresar a un lugar, pero nunca podemos regresar a un tiempo.


Hace unos días viví algo que terminó de darle sentido a esta idea. Fui con mi hijo de 19 años a ver Ecos, de Soda Stereo, y ahí, en un instante, apareció Cerati convertido en holograma. Miré a Gustavo; después, miré a mi hijo. Él tenía delante a un artista de una generación que no fue la suya y yo estaba reencontrándome, de alguna manera, con una parte de la mía. Por un instante se encontraron dos tiempos, pero Cerati no había vuelto. Había vuelto su eco


Eso me permitió entender que no todo lo que dejamos atrás desaparece. Algunas cosas encuentran otra manera de acompañarnos: una canción, una fotografía, una vieja casa, un gesto, las palabras de nuestros padres que un día descubrimos repitiendo, una empresa que continúa en manos de una nueva generación.


Mi hijo no puede vivir la época que yo viví. Yo tampoco puedo entregársela, pero puedo compartir con él algunos de sus ecos.

Eso también es heredar. 


Pensé, por mi profesión, que también las empresas podrían aprender mucho de eso.


Una nueva generación no tiene por qué repetir exactamente aquello que hicieron sus padres. Un negocio no puede pretender vender como vendía hace treinta años. Una empresa no debería seguir esperando al cliente, al producto o al mercado que alguna vez la hizo exitosa. Sin embargo, muchas lo hacen.


Hay empresas que todavía están sentadas junto a su teléfono de línea, esperando que vuelva a sonar. El problema no es conservarlo, es seguir esperando la llamada.

 

Cambiar no significa traicionar nuestra historia; muchas veces es la única manera de permitir que esa historia continúe. Heredar no es copiar. Continuar no es repetir. Y hacer un duelo no significa olvidar.

 

Quizás Doña Olga nunca tire aquel teléfono; no hace falta. Ella puede mirarlo; recordar las voces que alguna vez llegaron desde el otro lado y sonreír. Luego ella tendrá que levantarse de la silla porque algunas cosas ya no vuelven a sonar, pero dejan ecos.

 

Y quizás vivir –y también conducir una empresa– consista en aprender a escucharlos sin dejar de caminar hacia adelante.


***


Omar Lares, además de Contador, es autor de ficción. Visitá https://www.omarlaresautor.com/ Foto: https://sodastereo.com/


 
 
 

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