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Recordar también es elegir: el origen está adelante

estudioomarlares
hace 4 horas
3 min de lectura

Hace unos días volví con mi esposa a la casa donde vivimos durante más de doce años. Fuimos a verla por última vez. Estaba vacía; no había muebles; no estaban los cuadros, los libros, ni nuestras cosas.

Nuestros pasos sonaban distintos, quizás porque las casas vacías tienen eco.


Ella y yo, juntos, recorrimos las habitaciones, y mientras las mirábamos, vacías por completo, yo podía verlas llenas.

Allí crecieron nuestros cinco hijos. Allí hubo cumpleaños, cenas familiares, discusiones, preocupaciones, risas, se gritaron goles, sobremesas interminables y seguramente alguna puerta que se cerró alguna vez demasiado fuerte.


Y ellos, desde allí también se fueron; tres terminaron viviendo fuera del país. Dos de mis hijas hicieron su vida en Londres; el mayor de todos, se fue a Boston para hacer su doctorado. La casa fue quedándose en silencio, hasta quedar vacía.


Hay algo particular en mi relación con ese lugar: yo construí ese departamento; también, construí el edificio; lo hice pensando en mi familia. En ese momento yo tenía 51 años. Hoy tengo 63. En ese entonces no tenía estas canas, tampoco, mi barba era blanca.

Y mientras caminaba por aquellas habitaciones comprendí que no estaba recorriendo metros cuadrados; estaba recorriendo tiempo.


Hace poco me encontré con el célebre epígrafe del libro, Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez, que dice así: La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

 

Me quedé pensando, porque quizás los recuerdos no sean ese archivo prolijo que imaginamos, donde vamos guardando intactas las cosas que nos sucedieron.

Recordar también es elegir. Es olvidar algunas cosas y conservar otras. Es cambiar una perspectiva. Es descubrir, veinte años después, la importancia de una tarde que cuando ocurrió parecía una tarde cualquiera. Es darle hoy un significado diferente a algo que vivimos ayer.


Recordar también es crear; por eso, mi esposa y yo, a lo mejor no recordaremos con exactitud la misma casa. Cada uno de nuestros hijos tendrá la suya. Uno recordará su habitación; otro, alguna comida; una discusión; una Navidad; un olor; una canción; una conversación que quizás los demás hayamos olvidado; y otros un golazo que gritamos y nos abrazamos todos juntos.


La dirección de la casa será la misma. Los planos serán los mismos. Las paredes serán las mismas. Pero habrá tantas casas como personas hayan vivido dentro de ella; todas serán verdaderas.


Hace tiempo escribí para una de mis novelas una frase: La memoria hace del pasado, presente. Este fin de semana creo que terminé de entenderla.


El pasado ocurrió una sola vez. El recuerdo vuelve a ocurrir cada vez que lo contamos.

Y las empresas tampoco son ajenas a esto; también tienen memoria.


Ellas recuerdan al fundador, donde empezaron, la primera oficina, aquel cliente que permitió comenzar, una vieja máquina, una fotografía, un producto que cambió su historia. Incluso tienen relatos que una generación transmite a la siguiente.

Esa memoria construye identidad.


Pero existe una diferencia fundamental entre recordar nuestra historia y querer seguir viviendo en ella.

Una empresa que olvida su origen puede perder su identidad. Pero una empresa que pretende regresar permanentemente a él puede perder su futuro.

Los mercados cambian; las generaciones cambian; las personas cambian.

Las empresas también deben hacerlo.


La memoria debería ayudarnos a comprender quiénes somos, no impedirnos descubrir quiénes podemos llegar a ser.


Hace unos días, mientras tomaba mate, miré distraídamente el paquete de yerba que tenía delante. En letras enormes decía: ORIGEN.

Una palabra cualquiera en un paquete de yerba terminó llevándome a pensar en el origen de las personas, de las decisiones y de las empresas.

Y entonces escribí algo que hoy vuelve a encontrarme: El origen no siempre está detrás. A veces está adelante.


Dentro de poco mi esposa y yo volveremos a abrir otra puerta; habrá otra casa. Allí estarán muchos de los muebles, libros, cuadros y objetos que estuvieron durante doce años en aquella que acabamos de dejar.

Pero también llevaremos algo que ninguna empresa de mudanzas podría transportar: nuestra versión de lo vivido.

Y empezaremos a construir recuerdos que todavía no existen.

Quizás ahí se encuentren finalmente el tiempo, el origen y la memoria.

El tiempo nos obliga a partir.

La memoria nos permite llevarnos algo.

Y el origen nos recuerda que no todo comienzo quedó atrás.

Cerramos aquella puerta por última vez; la casa quedó vacía y, mi esposa y yo, nos fuimos cargados de recuerdos.


Quizás García Márquez tenía razón, la casa que dejamos ya no será solamente aquella en la que vivimos; será aquella que recordemos y cómo decidamos contarla.

Porque algunas casas quedan vacías, pero nunca terminan de deshabitarse.


***


Omar Lares, además de Contador, es autor de ficción. Visitá https://www.omarlaresautor.com/


 
 
 

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