El origen de una empresa también fue un deseo

Hay empresas que nacen en una oficina. Otras, en un pequeño local, en un taller, en un garaje, alrededor de una mesa familiar o en una charla de café, en un bar.
Pero antes de tener empleados, clientes, balances, impuestos, problemas financieros o una cuenta bancaria, todas tuvieron algo en común: fueron el deseo de alguien.
Con el paso del tiempo solemos olvidarlo.
Hace muchos años, una noche de tormenta, estaba sentado a la mesa de la cocina de mi casa de Lanús. Era un niño, mientras esperaba la cena, dibujaba.
Mi padre llegó empapado después de trabajar; se bañó; se cambió y se sentó a mi lado. Él había traído, como tantas noches, un chocolate Jack para mi hermano y para mí. Después, Papá abrió una pequeña libreta de tapas negras donde anotaba las ventas de los diarios que había repartido. Un palote era un diario. Otro, una revista.
Así llevaba sus cuentas.
Yo lo miraba. Al rato pregunté:
–¿Y ahora qué hacés?
Mi padre levantó la cabeza, me sostuvo la mirada y me dijo:
–Hijo, si no querés hacer lo que estoy haciendo, ¡estudiá!
Aquella noche no entendí demasiado.
Muchos años después comprendí que mi padre no me estaba hablando solamente de estudiar, me estaba hablando del futuro. Sin saberlo, había puesto un deseo delante de mí.
Del deseo a la decisión.
Pasó el tiempo. Y estudié. Me recibí de contador; comencé a ejercer mi profesión y seguí estudiando. Me especialicé en sindicatura concursal; profundicé mis estudios sobre insolvencia empresaria y continué formándome en distintas áreas vinculadas con las empresas. Hasta que, a los 54 años, ocurrió algo que con el tiempo adquiriría para mí un significado especial.
Esa edad era la que tenía mi padre cuando murió.
Yo, a esa misma edad, recibía el premio a la mejor tesis de un máster en Dirección de Empresas Constructoras y Desarrollo Inmobiliario de la Universidad Politécnica de Madrid, siendo el alumno de mayor edad del curso.
La vida tiene esas extrañas coincidencias que no siempre necesitan una explicación.
A la edad en que para mi padre se había terminado el tiempo, yo todavía estudiaba, y aquella frase pronunciada décadas atrás, alrededor de una humilde mesa de Lanús, seguía produciendo consecuencias.
Las empresas también se olvidan de dónde vienen, creo que con ellas sucede algo parecido.
Cuando un empresario lleva veinte o treinta años al frente de su compañía suele mirar ventas, costos, deudas, impuestos, personal, bancos, inversiones, flujo de fondos y otras tantas cosas más. Está obligado a resolver el presente y anticipar el futuro.
Pero pocas veces vuelve al principio:
¿Por qué empezó?
¿Qué quería construir?
¿Qué imaginaba cuando todavía no existía aquello que hoy ocupa buena parte de su vida?
¿Qué se imaginaba en ese pequeño local, en ese taller, en ese garaje, en esa mesa familiar o en ese bar?
Volver al origen no significa vivir del pasado; significa recordar para qué comenzamos.
Mi padre sabía bastante de eso sin haber estudiado administración de empresas. Él trabajó desde muy chico. Fue ayudante de lechero, mozo, canillita, pintó casas, lavó autos y trabajó durante muchos años en el ferrocarril. Ahí se jubiló, por trabajo insalubre, pocos meses antes de fallecer. Tito, llegó a tener hasta tres trabajos. Detrás de aquel esfuerzo había un deseo sencillo y enorme: progresar, tener algo propio y darle una vida mejor a su familia.
No todos sus proyectos funcionaron. Algunos se perdieron; otros, tuvieron que esperar. Pero el deseo sobrevivió a los fracasos.
Y quizá ahí exista una enseñanza empresarial que ningún balance puede mostrar.
Una empresa no es solamente aquello que consiguió. También es aquello que intentó, aquello que perdió, aquello que aprendió y aquello que todavía desea. Aquello que no aparece en el balance.
El tiempo transforma los deseos. Algunos se cumplen; otros, cambian; algunos quedan pendientes. Y existen deseos que cumplimos tantos años después que casi hemos olvidado cuándo nacieron.
Entonces ocurre algo extraordinario: aquello que alguna vez miramos hacia adelante y llamamos futuro, un día lo miramos hacia atrás y lo llamamos recuerdo.
Por eso Deseo, Origen, Tiempo y Recuerdo quizá no sean cosas diferentes.
Son distintos momentos de una misma historia.
También en una empresa, el empresario que hoy atraviesa una crisis puede estar viviendo el origen de una transformación que todavía no alcanza a ver.
El proyecto que hoy parece pequeño puede convertirse mañana en una empresa que sostenga a varias generaciones.
Una decisión tomada hoy puede ser el recuerdo que, dentro de veinte años, alguien señale como el momento en que todo comenzó. O capaz, hasta un deseo que todavía no pudimos cumplir puede seguir trabajando, en silencio, dentro nuestro.
Porque el futuro tiene una particularidad: antes de convertirse en recuerdo, alguna vez fue deseo.
Después de tantos años como asesor de empresas, además de mirar sus números, su estructura financiera, sus impuestos, su organización o su flujo de fondos, hay una pregunta que considero cada vez más importante:
¿Para qué nació esta empresa?
La respuesta no aparece en ningún estado contable, pero muchas veces ayuda a comprender todo lo demás.
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Omar Lares, además de Contador, es autor de ficción. Visitá https://www.omarlaresautor.com/



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